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Wednesday, February 29, 2012

En su justo lugar y perspectiva: Quejarnos menos y agradecer más

Aunque este invierno no ha sido tan crudo como los pasados, a mí ya me empezó a dar "cabin fever" y empieza a causarme un poco de ansiedad el sentirme encerrada y sin nada qué hacer con dos niños que, creo yo, necesitan mucho más movimiento que el que pueden tener en la casa. El problema aquí no es solo el invierno sino el hecho de que vivimos en un pueblito bicicletero que no tiene mucho qué ofrecer para los niños (y para nadie, la verdad) y todo lo que vale la pena está a una hora o más manejando, lo cual no es nada práctico, así que el fin de semana pasada pasé, no les miento, horas pensando en qué hacer para entretenernos y salir de la casa. Al final, se nos ocurrió llevar a los niños al alberca del complejo deportivo local para que todos pudiéramos pasar un rato agradable.

Cuando empecé a alistar a la familia para irnos, cometí un error garrafal: le puse el traje de baño a la Frijolita en la casa. Digo que fue un error porque ella se emocionó muchísimo y después no podía entender por qué queríamos ponerle encima otra vez la ropa de calle, la chamarra, las botas y el gorro ¿pues qué no íbamos a nadar? ¿qué cosa cruel era esta de ponerle el traje de baño y luego volverla a vestir? ¿acaso sus papás se habían vuelto locos? La Frijolita no estaba dispuesta a dejarse vencer y nos otorgó el que quizá ha sido el más grande berrinche que ha hecho hasta ahora.

La cosa con los berrinches es que son la única forma que tienen los niños muy pequeños de expresar su frustración. Yo trato de imaginarme que a los niños les sucede lo que a mí me pasaba TODOS los días cuando vivía en China: estás frente a alguien con quien piensas que no debería ser tan difícil entenderte pero ¡no entiendes nada! Y no solo eso sino que tampoco te entienden y la barrera del idioma se convierte de repente en algo tangible y sumamente frustrante que hace que te quieras tirar de los pelos. Yo lo viví durante tres años y, francamente, a veces me quería tirar al suelo a llorar, así que puedo comprender perfectamente que mi hija de dos años explote en un mar de lágrimas porque sus papás no están entendiendo lo que quiere comunicar. Créanme, es HORRIBLE.

Así que en general trato de tener toda la paciencia posible y seguir explicándole lo que pasa, con palabras simples, agachándome para estar a la misma altura, viéndola a los ojos. "Nena, te tenemos que vestir porque para ir a la alberca hay que salir a la calle y hace mucho frío". Nada, cuando el berrinche está a todo lo que da, es muy difícil pararlo. Con todo y que para todo lo demás en mi vida soy sumamente impaciente, increíblemente, los berridos de mis hijos no me alteran sino que bloqueo el ruido y me concentro en guardar la calma y resolver el problema. Lo malo es que el Maple Pie no es así y para él era muy difícil estar escuchando los gritos por demás agudísimos de la Frijolita y tratar de vestirla mientras ella se retorcía y se rehusaba a meter los pies en el pantalón. El berrinche terminó explotando por los dos lados, con el esposo enojado y queriendo abortar la misión porque "para qué todo este desastre si ya estamos todos de malas" (¿todos, kemo sabe?) "y además para el poquito tiempo que vamos a estar en la alberca, no vale la pena".

Así que me tocó armarme de más paciencia para terminar de vestir a la Frijolita, que seguía pataleando, consolarla, preparar al Borreguito, preparar las cosas de todos y convencer al esposo de seguir adelante con el plan. Funcionó y por fin salimos rumbo al deportivo, aunque a esas alturas, la única con media sonrisa en la cara era yo (bueno y el Borreguito porque no tenía ni idea de qué sucedía). El complejo deportivo, la verdad, está bastante bien y tiene en el área de la alberca un vestidor familiar mixto, con lockers y vestidores amplios, una maravilla. Ahí nos encontramos con una mujer, acompañada de otra más joven, que llevaba dos muchachos cercanos en edad que a mí me parecieron hermanos. Los dos muchachos claramente sufrían de discapacidad, pero la de uno de ellos era sumamente severa y contaba con una serie de deformaciones extremadamente graves que ni siquiera puedo describir, se encontraba, por supuesto, en una silla de ruedas.

Mientras alistábamos a nuestros niños, nos tocó ver cómo ellas alistaban a los dos muchachos y cómo preparaban al muchacho en silla de ruedas para ponerlo en una silla especial para meterlo a la alberca (el complejo tiene rampas en la alberca pues dan terapias de rehabilitación física). Salimos hacia la alberca casi al mismo tiempo que ellas y después, mientras nosotros jugábamos con los niños en la parte baja, aquella mujer realizaba ejercicios con los dos muchachos ayudada por la otra chica, que supongo era la terapeuta.


Este episodio fue un momento de mucha reflexión para mí. Ahí estábamos nosotros dos, con nuestros dos hijos sanos, nadando porque estábamos aburridos en la casa y planeando una noche simple de pizza y películas; mientras tanto, ahí estaba esa mujer con sus dos hijos discapacitados, haciendo ejercicios de rehabilitación para poder darles una mejor calidad de vida. No quiero decir que su vida sea peor o mejor que la mía, es simplemente una vida diferente, pero eso sí, mucho más difícil y me atrevo a decir, llena de dolor.


La lástima es un sentimiento negativo y no fue eso lo que me invadió, pero sí se apoderó de mí una fuerte sensación de agradecimiento, humildad y un poco de vergüenza. Otra vez, por pura casualidad, créanme, nos tocó encontrarnos en el vestidor y al mismo tiempo empezamos a preparar a nuestros hijos para partir. Está por demás decir que nosotros, con dos niños pequeñitos, chamarras, botas, gorros y guantes, terminamos primero. Cuando nos fuimos, me despedí de ellos con un "bye, have a great day". Me quedé pensando mucho y lo que quiero compartir con ustedes es esto:


¿Cuántas veces nos quejamos de nuestros hijos o perdemos la paciencia con ellos sin ponernos a pensar si realmente vale la pena sentirnos así y si estamos siendo justos con nosotros y con ellos?


¿Cuántas veces, por el contrario, ponemos las cosas en perspectiva y nos ocupamos más en agradecer que en quejarnos?


Si el mayor problema que tenemos con nuestra hija es que hizo una pataleta y no se dejaba poner la ropa porque no nos estábamos entendiendo con ella, creo que somos extremadamente afortunados.


Si el mayor problema que tenemos con nuestro hijo es que no le gusta estar mucho tiempo solo y a veces no me da tiempo de tomar el baño largo que añoro, creo que somos extremadamente afortunados.

Somos afortunados por el hecho de que somos padres, porque nos pudimos embarazar rapidísimo las dos veces, porque, con todo y las incomodidades y dolores normales, viví dos embarazos saludables y que llegaron a término y porque me entregaron dos bebés sanos en todos los sentidos habidos y por haber.

Si mi mayor tragedia en la vida es que no pude parir a mis hijos de manera natural, en agua y en mi casa como yo quería y tuve que pasar por dos cesáreas, soy afortunada. Si mi mayor frustración con mi hija es que, por las razones que sea, no la amamanté como quise, soy afortunada. Si mi mayor preocupación cuando nació mi hijo fue que nació con una pequeña bolita en el lóbulo derecho ("skin tag" o "lunar de carne" me han dicho que se dice), soy extremadamente afortunada.


Todo fuera como eso.


Mi admiración completa y total para los padres que con su mayor esfuerzo y amor crían a un hijo con alguna discapacidad o problema. No puedo siquiera empezar a imaginar lo difícil que debe ser en todos los aspectos. Quizá no puedo hacer nada para aminorar su carga, pero la enseñanza que nos dejan a los demás papás todos los días no debe pasar desapercibida. 


De verdad me parece que no hacemos el suficiente esfuerzo todos los días por darnos cuenta de lo afortunados que somos, pero no solo eso, por poner en perspectiva los pequeños inconvenientes del día a día, que si el niño no se comió todas sus verduras, que si la niña se arrancó los moñitos del pelo que tanto trabajo nos costó ponerle, que si se ensuciaron el trajecito que les pusimos,  que si no dejan de decir "mami, mami, mami, mami" mientras caminan tras de nosotras cuando estamos haciendo una llamada importante... en fin, tantas y tantas cosas pequeñas y sin importancia que nos tomamos demasiado a pecho sin ponernos a pensar en la fortuna que tenemos en tener hijos que pueden moverse, caminar, hablar y hacer travesuras.


Todo fuera como eso ¿no creen?

Monday, February 6, 2012

Carta a una amiga primeriza

¡Qué gusto leerte y saber de ti y tu bebé, que ya cumplió un mes!

Pues qué te digo, no pasa nada con la cesárea, yo en su momento me desilusioné y sufrí mucho, siempre quise un parto natural y siento que me perdí una experiencia fundamental; sin embargo, con el tiempo me parece que es tan solo el inicio de un camino que ya no se termina para nosotras -pues seremos madres SIEMPRE- y que lo que cuenta es cómo vivimos ese camino. El ser buena o mala madre no depende de cómo traemos a nuestros hijos al mundo, ni de si damos pecho o no... es más, creo que el ser buena o mala madre es algo que vamos construyendo todos los días de nuestra vida y que nunca termina por definirse en términos absolutos (todas nos equivocamos intencionalmente y sin querer).

Me da gusto que te estés recuperando rápido. La recuperación de mi primera cesárea, la verdad, fue dolorosa y complicada, pero la segunda se me hizo de lo más facilita en comparación y me recuperé rapidísimo y bien.

Lo importante, sin duda, es que tu nena está bien  (¡nació grandísima, felicidades!). Las primeras semanas en términos de lactancia, y de TODO lo demás, son complicadas y creo que a veces nos pintan todo tan de color de rosa que sentimos la obligación de estar felices y en éxtasis maternal SIEMPRE y no nos damos la oportunidad de aceptar y manejar los sentimientos complicados que nos invaden.

El puerperio es sin duda el periodo de mayor susceptibilidad de las mujeres. Creo que en ninguna otra situación te invaden al mismo tiempo y con tanta fuerza tantos sentimientos opuestos: felicidad, cansancio, preocupación, enojo, angustia, amor, agobio ¡todo! Es muy normal sentirse totalmente feliz y totalmente apanicada al mismo tiempo porque es la primera vez que nos enfrentamos a una personita que depende total y absolutamente de nosotras y que, además, es MUY DEMANDANTE.

La lactancia al principio es difícil no solo en términos de postura (no nos sabemos acomodar porque ya casi no vemos mujeres amamantando... en cambio claro que sabemos cómo se da el biberón ¿no?), sino que las primeras semanas es un proceso muy tardado. Yo te confieso que con la Frijolita hasta me aburría y entre que no tenía buen agarre y me dolía muchísimo, nunca aprendí a disfrutar de esos momentos (lo que aunado a otros factores hizo que al final fracasara nuestra lactancia) y me sentía culpable de aburrirme de la idea de que tenía que estar con el bebé pegado por casi una hora solo viéndolo como en pintura del Renacimiento (ya sabes, con un halo de luz alrededor y cara de amor infinito y demás). Con Borreguito me recomendaron que leyera, viera tele o jugara en el iPhone en Twitter o Facebook y eso ayudó mucho a distraerme, lo cual me facilitó disfrutar más de las tomas y, sí por momentos largos hasta parecer pintura del Renacimiento.

Así me veía yo el primer mes... ajá, cómo no

Al principio los bebés tardan mucho porque están aprendiendo y porque no están sacando bien la leche todavía, pero no te preocupes, aprenden pronto; el Borreguito ahora se tarda entre 10 y 20 minutos por toma (dependiendo de si tiene mucha hambre y si toma de los dos lados, etc.).

Los horarios matan la lactancia, así que te recomiendo que tú sigas tu instinto y le des a libre demanda. Mi Borre come CUANDO QUIERE, y mis únicos horarios estrictos son los de extracción en la oficina. Te la vas a pasar escuchando "¿otra vez va a comer?" y aunque es un comentario molesto, lo mejor es hacer oídos sordos y contestar "" Y YA. Yo de plano ya razoné que si no son sus chichis ¿qué les importa? Y un día sí le dije a mi cuñada que no entendía por qué le agobiaba tanto si la que hacía la chamba soy YO (a lo que me dijo "es que me preocupo por ti" y contesté "pues NADA de qué preocuparse YO ESTOY BIEN" y fin del tema). El argumento científico es que la leche materna se digiere mucho más rápido... y bueno, tan simple como que si un adulto come ensalada y atún tendrá hambre más pronto que si se come una torta de tamal con atole y eso no significa que sea mejor lo segundo. A veces me suena eso de "llenarlos mejor con fórmula" como si la gente pensara empachar o indigestar al bebé fuera mejor para que los adultos descansen ¡qué egoístas somos!

Existen periodos más demandantes que otros, sobre todo los primeros meses. Yo ya pasé por algunos picos de crecimiento (¡click, click, click!) donde el bebé comía tanto y tan seguido que yo sentía que se me iba la vida por los pechos (a eso súmale que tenía a la Frijolita celosa y demandando atención) y por los periodos de "cluster feeding and fussy evenings" (perdona, no conozco los términos correctos en español pero ahí está al link con la información) que también me agobiaban muchísimo. La lactancia no siempre es fácil... vamos, no siempre es algo que adoras hacer, hay días que estás cansada, adolorida y harta y eso es algo que tenemos que reconocer, pero la recompensa es muy grande y vale mucho la pena. En su momento, a mí me sirvió mucho leer este pequeño artículo "Are Mothers Supposed to Love Breast- Feeding 24 hrs. a Day?", espero que te sirva también.

 Quisiera también decirte un pequeño y sucio secreto: Eso de que los bebés duermen la noche completa si les das fórmula es un mito cruel y despiadado... y lo llamo cruel y despiadado porque la realidad es que no necesariamente vas a lograr que duerma toda la noche, pero sí vas a lograr darle en la torre a tu lactancia. Cada toma que sustituyes contribuye a que tu producción de leche disminuya y se va generando una cadena que termina en que, ahora sí, de verdad, no tienes leche y ahí terminó todo.

Mi hija fue niña de fórmula de forma exclusiva desde los tres meses y JAMÁS ha dormido toda la noche (y ya tiene dos años ¿eh?). El sueño de los niños es ooootro aspecto lleno de mitos y medias verdades. Creo que la única verdad que hay es que cada niño es diferente y algunos regulan el sueño antes que otros. La edad en la que en general todos los niños ya duermen la noche de corrido es ¡cuatro años! (yo me echo porras diciéndome que ya nomás me faltan dos, wiiiiii), pero aparentemente medimos nuestro éxito como padres por las horas en la noche que duermen nuestros hijos y parece competencia "uy la mía duerme toda la noche desde que tenía un minuto y medio de nacidaaaaa", "ay no, mi hijo JAMAS se ha despertado en la noche ¿eh?", etc., etc., etc.... zzzzzzzzzzzzzzzzzzzz (¿cuánto quieres apostar a que la mayoría MIENTE?). Así que... bueno, las desveladas son parte de este negocio y qué le vamos a hacer, nuestra vida cambia diametralmente y las noches están incluídas, pero esto también pasará.

Que si vas a sufrir regresando a trabajar... pues, claro, no te voy a decir mentiras, sí se siente feo, pero eso tampoco depende de si das fórmula o leche materna, depende más bien del hecho de que no existe un sistema de conciliación maternidad/trabajo real y las mujeres, aunque los hombres también, vivimos partidas en dos tratando de malabarear todo. A ese respecto, lo que yo te puedo decir es que, aunque es difícil poner nuestras aspiraciones profesionales en "hold", a tus hijos no te los regresa NADIE. Nunca vuelven a ser bebés, y verás que crecen tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos ya son "niños grandes" y yo prefiero estar ahí, viendo cómo cambian y van aprendiendo, aunque tenga que pasar otros varios años en donde estoy. El seguir amamantando aunque trabajes, para mí, es una manera de reforzar la conexión con tu hijo, de "estar ahí" aunque no estés y de seguir dándole lo mejor. Que requiere de disciplina, esfuerzo y de un muy buen extractor y un jefe comprensivo, SÍ, pero vale muchísimo la pena, sobre todo cuando vas a revisión con el médico y éste te felicita por lo bien que está creciendo tu bebé ¡solo con tu leche! (si eso no es un súperpoder entonces ¿qué?).

Por ahora disfruta mucho lo que queda de tu licencia de maternidad. Yo sé que este periodo es agobiante y agotador, y sé que de seguro sientes que la casa se te derrumba mientras que tú no tienes tiempo de nada más que de amamantar y cambiar pañales. También me pasó, y a veces me sigue pasando por tener dos niños chiquitos, que no tienes tiempo ni de ir al baño ni de bañarte ¡mucho menos de peinarte o maquillarte! Sientes que te la vives en los mismos pants de siempre y que lo único que te falta es que te vuelen mosquitas alrededor de la cabeza. A mí me invade la furia cada que alguien se refiere a mi licencia de maternidad como "vacaciones" ¿¡VACACIONES!? Como si una descansara...

Pero todo esto pasará... también el cocktail de hormonas que hace que reacciones de formas extrañas. Yo con la Frijolita lloraba mucho, mucho, mucho y no entendía por qué. Estaba tan sensible que un simple "chiste" de mi papá (me dijo "ay cómo la adoro, te la voy a quitar, te voy a mandar de regreso a Canadá sin ella y me la voy a quedar como si fuera mía") me hizo llorar por HORAS... las hormonas me tenían tan loca que yo pensaba que hablaba en serio y tenía miedo de que me quitara a mi hija. En otras cosas, sin embargo, era muy alivianada, nunca le pedí a nadie que se desinfectara las manos antes de tocarla porque tengo la idea bizarra de que es "mejor" que se expongan de manera normal al bicherío del mundo para que construyan defensas naturales (y quién sabe si sea cierto, digo, tampoco es que la aventara al lodo en la calle, pero no me angustiaban los gérmenes del exterior) y le daba los biberones "al tiempo" para horror de mis papás; pero pooooooobre de aquel que hiciera ruido en presencia de mi hija, no porque la despertaran sino porque en mi mentecita hormonal, sus oídos tan pequeños y sensibles podrían dañarse son sonidos estridentes (creo que mandé a mi mamá a pedirle al vecino que callara a su pastor alemán un par de veces). También recuerdo que me daban ataques de angustia antes de registrarla porque yo JURABA que me la querían robar (¿quién? ¡Quién sabe! ¡TODOS!) y me urgía que me dieran sus actas de nacimiento.

Así que, no te preocupes, todo lo que sientes y piensas es perfectamente normal. Ser mamá es una montaña rusa de emociones y es el trabajo más demandante física y emocionalmente que existe... pero lo estás haciendo bien, todas lo estamos haciendo bien cuando actuamos siguiendo nuestro instinto y guiadas por el amor que le tenemos a nuestros hijos. Todo vale la pena cuando los ves creciendo bien, sanos y felices. Todo, las desveladas, los kilos de más, las cicatrices, los pezones adoloridos, el cansancio, todo vale la pena cuando te sonríen (qué baratos salimos ¿no? Jeje).

Rodéate de mamás que piensan como tú, ya sea "en vivo" o por medio de Twitter o Facebook, verás que sentir el apoyo de mamás que crían de la misma manera que tú te dará mucha fuerza y mucha información para seguir adelante en el camino que escojas. En lo personal, nosotros seguimos el método de "crianza con apego" (o Attachment Parenting) y el haber encontrado tantos recursos en línea y tantos papás que piensan como nosotros, nos da las herramientas necesarias para enfrentar las críticas y para encontrar ideas sobre cómo manejar todos los aspectos de nuestra paternidad. Lo mismo va para tu pediatra, nosotros sin querer caímos en las manos de un médico joven que practica y promueve la crianza con apego (lactancia, porteo de bebés, colecho, etc.) y eso también nos da más tranquilidad y promueve un clima de confianza con el doctor que nos ha servido mucho.

A pesar de que mi carta es muy larga  (espero no te me hayas quedado dormida por ahí), mi consejo más importante es que disfrutes muchísimo a tu hija. Los hijos crecen muy rápido, demasiado rápido, son como agua que se te va de las manos sin poder nunca cogerla del todo; un día abres los ojos y ya se sientan, otro día los abres y ya caminan, al otro ya dicen "mamá" y en uno más ya no quieren que les ayudes a ponerse los zapatos. Yo no puedo creer que mi Frijolita ya tenga dos años, que corra y hable, que se vista y coma sola y que le guste bailar. A la vez no puedo creer que mi Borreguito ya tenga cuatro meses, que se ría y me mire con la misma adoración con la que yo lo veo a él. Ese aliento de lechita, ese sonido de su risa, esa cabecita que aún se tambalea... todo eso se pasa muy rápido, disfrútalo lo más que puedas, bésala, abrázala, huélela, siéntela porque esa bebita, ESA, ya no regresa, siempre cambia, siempre es otra. Ámala con todo y lo demás... se irá acomodando solo, es cuestión de tiempo y de paciencia. 


Thursday, January 5, 2012

Rosca de Reyes

Para quien no me conozca, déjenme empezar el post diciéndoles que no hay nadie en el mundo con tanto entusiasmo y tan poco talento para la cocina como yo. Me llama mucho la atención cocinar, y no tengo mal sazón, pero entre que carezco de imaginación, soy bastante torpe con las manos y me casé con un Chef, casi nunca preparo nada. Dicho lo anterior, les contaré que a pesar de ello, decidí que este año que le entro con todo al trabajo de Reina Maga, haría mi propia rosca porque aquí no hay dónde conseguirla.

Como ya me conozco, la verdad sí intenté encontrar un sustituto decente, y para aquellos que viven fuera de México, les tengo la novedad de que si pueden encontrar Panettone, verán que tiene un sabor muy parecido aunque la forma es bastante diferente (parece un muffin gigante). Tristemente para mí, no lo compré a tiempo, y como es un pan navideño, ya no encontré hoy. Mi segunda opción fue comprar Fruit Cake , pero cuando ví la información nutrimental casi me voy de espaldas: ¡425 calorías por una rebanada!

Está bien que uno quiera celebrar Reyes, pero también me estoy cuidando mucho para regresar a mi peso pre-Frijolita (porque ya regresé a mi peso pre-Borreguito), así que volví a mi plan inicial de preparar mi propia rosca, en espera que no fuera semejante bomba de grasa y calorías. Fue entonces que como por arte de magia me encontré una receta buenísima en el sitio de WW y aquí se las comparto. La receta misma dice que como es baja en grasa se endurece rápido y recomienda prepararla el día que se va a consumir. Yo la voy a preparar hoy en la noche y a ver qué tal está para mañana en la tardecita que la parta con mis nenes. No sé de dónde voy a sacar los niñitos Jesús... a ver si no se enoja la Frijolita si le meto un PlayMobil.

Si la preparan, me platican cómo les quedó. Ah, y chequen la explicación que ahí dan sobre el muñequito, jijiji.

¡Feliz día de Reyes!


King Cake





Servings: 24


Preparation Time: 160 min


Cooking Time: 35 min


Level of Difficulty: Difficult



This cake has a surprise: a plastic baby doll baked in. Find it in your slice and you're expected to host next year's Mardi Gras soiree.



Ingredients


1 cup(s) fat-free skim milk


4 Tbsp reduced-calorie margarine


1/2 oz yeast, use two 1/4 oz packets


2/3 cup(s) water, warm (about 110°F)


1/2 cup(s) sugar, divided


1/2 cup(s) fat-free egg substitute


1 tsp table salt


1 tsp ground nutmeg


5 cup(s) all-purpose flour, or as little as 4 cups (see instructions)


1 spray(s) cooking spray


1/2 cup(s) packed light brown sugar


1/2 cup(s) raisins


1/2 halves pecan halves, chopped (or walnuts)


1 1/2 tsp ground cinnamon


1 Tbsp reduced-calorie margarine, melted


1 cup(s) powdered sugar


1 Tbsp water


3 Tbsp sugar, granulated (use 1 tbsp each purple, green and gold decorating sugar)


Instructions


To make the dough, combine milk and 4 tablespoons of margarine in a small saucepan and set pan over medium-low heat. Heat mixture until tiny bubbles appear around edges of pan. Remove pan from heat and set aside to cool slightly.






Meanwhile, in a large mixing bowl, combine yeast, 2/3 cup of warm water and 1 tablespoon of granulated sugar; let stand 5 minutes. Beat in egg substitute. Beat in cooled milk mixture. Beat in remaining granulated sugar, salt and nutmeg.






Add flour, 1 cup at a time, and mix until blended and no longer sticky (this will take 4 to 5 cups). Using dough hook attachment on your mixer, or your hands, knead dough until smooth and elastic (about 2 minutes with dough hook and 8 minutes by hand). Shape dough into a ball.






Coat a large bowl with cooking spray. Add dough and turn to coat all sides. Cover bowl with plastic wrap and let dough rise in a warm place until doubled in bulk, about 1 1/2 hours.






When dough has risen, punch dough down with your fists to let air out. Roll into a large rectangle, about 14 X 18 inches; set aside.






To make filling, combine brown sugar, raisins, nuts, cinnamon and melted margarine in a bowl; combine until mixture is crumbly.






Sprinkle filling evenly over dough, to within 1/4-inch of edges of the rectangle.






Starting from wider side of rectangle, roll dough up tightly, like a jelly roll. Bring ends of roll together to form an oval-shaped ring.






Coat a baking sheet with cooking spray. Place dough ring on baking sheet and pinch ends together to form a seal.






Cover dough with plastic wrap and let rise in a warm place until doubled in size, about 45 minutes.






Preheat oven to 375ºF.






Using sharp scissors, cut slits 1/3 of the way through the dough all around the ring, 1 inch apart, to let steam vent. Bake for 25 to 30 minutes, until golden. Remove from oven and insert plastic baby doll into bottom of cake so it is completely hidden. (You can substitute a whole pecan or walnut for the doll.)






To make frosting, combine powdered sugar and 1 tablespoon of water; whisk until smooth.






While cake is still warm, spread frosting over top and sides. Sprinkle coloured sugar over cake, alternating colours. Cut into 24 pieces and serve. (Note: Our lightened up King Cake contains only a small amount of fat so it dries out quickly. For the best results, prepare the cake the day you plan to serve it.)
 

Wednesday, December 21, 2011

Lo que vamos a decirle a los niños sobre Santa y los Reyes

Tengo varios posts pendientes, y no pensé que este fuera el que inaugurara mi regreso al blog, pero dadas las fechas y los comentarios en Twitter, me dieron ganas de escribirlo.

Anoche, el esposo y yo decidimos de manera "formal" que no vamos a mentirle a nuestros hijos sobre la existencia de Santa Claus y los Reyes Magos. Esta aseveración hace saltar a muchos, y quizá sea por usar la palabra "mentira", pero finalmente, eso es lo que dices cuando no dices la verdad.

Antes de que quieran quemarme en leña verde y agarrar mi casa a jitomatazos, quiero aclarar un par de cosas:

1. No critico a quien decide decirle a sus hijos que Santa y los Reyes sí existen. Me parece que es una de tantas decisiones personales y respetables que dependen de la forma de pensar de los papás.

2. Estoy consciente que de acuerdo a la tradición cristiana, los Reyes sí existieron. Cuando digo "no existen" me refiero a que no existen en el presente.

La cuestión es que a mí mis papás nunca me mintieron con respecto a nada. Cada vez que pregunté algo "difícil" desde "¿de dónde vienen los bebés?" hasta "¿existe Dios?", me encontré con respuestas basadas en la realidad o en el sistema de creencias de mis padres. Esto porque en mi núcleo familiar más cercano mientras crecí, conformado por mis papás, mi hermano y mis abuelos maternos, el valor más importante fue la congruencia, así que la mentira y el engaño para con nosotros no tenían lugar.

Así pues, desde que tengo uso de razón, yo sabía que los Reyes no eran quienes dejaban los regalos al pie del árbol sino que eran mis papás. La tradición de Santa no se seguía en mi casa porque, al igual que con Halloween, en mi familia no se celebran tradiciones ajenas a las nuestras (lo cual creo que es igual de respetable que celebrarlas y no vale calificarnos de cerrados ni de que nos perdemos de mucho por no ser más "globalizados y multiculturales", así como yo he aprendido a dejar de pensar que son unos "wannabes").

Si bien siempre supe la verdad, no puedo decir en qué momento específico la supe. No fue como que mis papás me sentaron un día en la sala con mi hermano para decirnos "bien, pues aquí va: Los Reyes no existen. Fin del comunicado". Recuerdo, sin embargo, que no perdimos la ilusión, ni nos destruyeron la infancia ni nada por el estilo. Cada año, mi hermano y yo escribíamos con mucha ilusión nuestra cartita a los Reyes, nos portábamos bien (o tratábamos), lanzábamos nuestro globo con la cartita, dejábamos nuestro zapatito abajo del árbol de Navidad el día 5 de enero y nos íbamos a dormir con una emoción tal que recuerdo que me era imposible conciliar el sueño y apenas se asomaba el sol, corría a ver mis regalos.

Nadie me robó nada, y además, me sentía especial. Me sentía poseedora de un secreto que la mayoría de los demás niños desconocían. Tenía prohibido decirle a los demás el gran secreto porque mis papás me explicaron que no me correspondía a mí sino a sus papás decirles la verdad. Escuchaba las historias inverosímiles de mis compañeritos ("¡yo vi el elefante!", "yo platiqué con Santa!", "el caballo dejó popó en la sala") con un dejo de ternura, y quizá hasta de condescendencia, debo admitir, pero nunca dejé de disfrutar las fiestas decembrinas.

Yo no pretendo convencer a nadie de que lo que hicieron mis papás, y que nosotros pensamos hacer con nuestros hijos, es lo mejor, simplemente estoy compartiendo mi experiencia como hija. Quizá haya quien le agradezca a sus papás la ilusión a pesar del desengaño; yo agradezco la honestidad de mis papás a pesar de la presión que seguramente sintieron de otros papás... la misma que nosotros empezamos a notar porque parece que es peor decir que no vas a mentirle a tus hijos con Santa y los Reyes que decir que si se portan mal, les das una nalgada (o dos, o tres).

Mi mamá ya me preguntó hace poco si, desde mi punto de vista, hicieron bien en manejar el asunto como lo hicieron y yo creo que sí. Agradezco su honestidad y, en su momento, agradecí el ENORME esfuerzo económico y logístico que ella y mi papá llevaban a cabo para poder comprarnos la mayoría de las cosas que pedíamos (también me tocó que me dijeran que no a alguna petición, y es más, tengo una anécdota del Fantasicosas que alguna vez escribiré que ahora nos da mucha risa a mi mamá y a mí).

Para nosotros, todo el asunto era un juego, no había cinismo ni mentiras, era un juego en el cual mis papás decían cosas como "¿y ya escribieron su cartita? Si no la hacen los Reyes no van a venir ¿eh?" y nosotros escribíamos la carta SIEMPRE dirigiéndonos a los Reyes, siempre esperándolos por su nombre. No crean que íbamos con mis papás a decirles "ah, para el 6 de enero quiero tal y tal", no, nosotros jugábamos a los Reyes con mis papás y tengo muy bellos recuerdos de ello. Era un juego tan elaborado que nosotros JAMAS vimos a mis papás poner los regalos bajo el árbol y cuando fuimos pequeños nunca nos encontramos los regalos antes de tiempo, ni las cartitas que envíabamos ni nada.

Tengo la impresión de que muchas familias en realidad están jugando y pretenden que no. Muchos niños saben la verdad, pero no les dicen a sus papás que la saben, y estos no les dicen directamente la verdad tampoco a pesar de que saben, o sospechan, que los niños ya la saben; es un juego, parecido al que nosotros jugábamos, la diferencia es que en el nuestro la verdad estaba completamente al descubierto, nada más.

Tantos recuerdos buenos tengo, que quiero jugar el mismo juego con mis hijos. No, no teman, no me voy a sentar con ellos el próximo diciembre que la Frijolita tenga más conciencia de lo que se le explica, a decirle "es todo una falacia niñaaaaaaa" ¡claro que no! Si me encanta su carita de emoción cuando ve algo navideño y dice "is Kizmaff!!" o "mami, mami, is Santaaaa!!". Lo que haremos es jugar con ellos, y cuando me pregunten si todo es realidad o no, les diré la verdad: que es un juego muy lindo en honor a los Reyes y a Santa, y les explicaremos el origen de las tradiciones y las leyendas.

¿Ven? No es para quemarme en leña verde, eso es para las brujas, y además, las brujas tampoco existen, me lo dijeron mis papás.
 

Friday, August 26, 2011

Carta a mis hijos sobre México

Hijitos míos,

Hoy les escribo una carta triste que espero se convierta poco a poco en una carta de esperanza. Falta poco más de un mes para que nazcas, niño mío, y tú, hijita, en unos meses cumplirás dos años. Nuestro mundo chiquito, el que formamos nosotros cuatro más nuestra familia y amigos cercanos se ha llenado de alegría con la llegada de ustedes dos; y sin embargo, es imposible cerrar los ojos ante el hecho de que en estos años, tres o cuatro en particular, nuestro México está cada vez más lastimado y más roto.

Nuestro México. El México de ustedes.

El México del que yo vengo, en el que nací y en el que crecí; ese que les pertenece, a una por suelo y sangre y al otro por sangre, ese de recuerdos de sol y arena de su papá, el de la historia de sus abuelos y sus bisabuelos, el México que todos nosotros llevamos dentro.

Nuestro México está roto. No hay día que no escuche o lea una notica mala, que sepa que hay más muertos, más violencia, más sangre. No tiene sentido mentirles, el panorama es desolador; busco dentro de mí explicaciones y me es difícil encontrarlas entre tanta tristeza. Estoy muy triste.


Estoy triste porque ustedes llegan al mundo en un momento en el que México es sinónimo de violencia y desesperanza. Estoy triste porque no puedo decirles si eso cambiará ni cuándo. Estoy triste porque siento que me han arrebatado el México de mi infancia y no sé cómo recuperarlo. Pero no solo estoy triste por ustedes y por mí, también lo estoy por mis padres y abuelos, porque el México que ellos me han contado, ese país verde y azul, seguro, donde se podía progresar trabajando duro, donde se podía pasear en la noche sin ningún temor, ya no existe. Siento una profunda tristeza al pensar que ese país de posibilidades se ha esfumado, y siento aún más tristeza al pensar que quizá ya no lleguen a verlo renacer y se irán de este mundo con la pena a cuestas de haber perdido su país a manos de unos cuantos.


Es mucho mi pesar, hijitos, porque, verán, yo quiero algo diferente para ustedes por ser quienes son. Ustedes dos son el fruto de dos historias diferentes, de dos razas, idiomas, culturas y países diferentes y mi deseo más grande es que vivan sus dos identidades al máximo y con el mayor orgullo posible; por eso les hablo en español, por eso les canto las canciones de mi infancia, por eso les doy a probar frijoles, tortillas y salsas, por eso sus nombres son nombres en español aunque quizá no combinen de todo con su primer apellido, por eso, hija, naciste en México, por eso, hijo, te tramitaré de inmediato la nacionalidad mexicana, porque quiero que crezcan orgullosos del país de su madre, que lo amen, que lo celebren, que lo extrañen y lo añoren como yo lo hago todos los días.


Quiero para ustedes un México al cual llamar hogar, al cual regresar cuantas veces sea necesario para encontrarse con esa mitad de ustedes que les pertenece. Quiero un México al que puedan volver sin miedo, con alegría y con cariño, un lugar por el cual trabajar y ser mejores. 


Busco respuestas y soluciones y no las encuentro, y por ello les pido perdón, pero espero que sepan que ese país que llora su madre es un país en donde la gente de bien supera en número a la gente que lo quiere destruir y ojalá para cuando puedan leer, y entender, esta carta, toda esa gente se haya levantado para recuperar nuestro país.

No me queda más que dedicar mi vida a educarlos y criarlos para que formen parte de ese grupo de gente de bien, para que sean ciudadanos íntegros, honestos y bondadosos y para que sean un par de mexicanos orgullosos de serlo.


Qué fortuna, mi carta termina con esperanza tal como lo desée al principio de la misma. Termina con la esperanza de que un día, este día será solo un recuerdo y podremos decir "qué lejos han quedado esos tiempos, viva México". Me quedo con eso por hoy.


Con todo el amor del mundo,


Su mamá

 

Monday, August 15, 2011

Misión cumplida

Durante muchísimos años, tantos que ya no me acuerdo cuántos, dije que quería ser mamá, y terminar de parir, antes de los treinta. Durante algún tiempo, debido a algunos contratiempos "innombrables" (jojo), pensé que no lo lograría, pero al final, tras algunos ajustes para bien, me salí con la mía. El Borreguito nacerá, si todo sale como está planeado, una semana antes de que yo cumpla los treinta años y con ello, cierro la fábrica y cumplo mi gran sueño de ser madre.

Algunos detalles con respecto a la celebración no serán como lo tenía pensado debido a que voy a estar recuperándome de la cesárea y dedicándome a mis dos pequeños, pero no importa, tiempo para fiestas siempre habrá, pero tiempo para establecer un vínculo fuerte como familia que acaba de recibir a un nuevo miembro, no. Me conformo con brindar en mi cama con el esposo y mis chaparritos, qué mejor celebración que tenerlos en mi vida y junto a mí.
El esposo me pidió hace unos días que yo le de un regalo a él por MIS treinta años. Quiere que en un papel bonito escriba tres objetivos para esta década, tres logros que quiero para antes de cumplir 40 en tres planos distintos: personal, familiar y profesional.

Su petición me hizo pensar mucho, tengo muchas ideas rondándome la cabeza, que si ser mejor mamá cada día, que si hacer un doctorado, que si aprender otro idioma, que si ascender por lo menos dos rangos más, que si seguir felizmente casada, que si vivir en un lugar muchísimo mejor, que si una abdominoplastía, que si regresar a Asia, que si retomar con ímpetu mis clases de piano, que si, que si, que si... todavía no decido mis tres objetivos, pero el ejercicio de reflexión me ha hecho darme cuenta de que soy muy afortunada porque en un par de meses llegaré a la treintena de años habiendo conseguido todos y cada uno de los objetivos que me fijé hace ya muchísimos ayeres, más de diez años, más de veinte quizá.

Sin duda es una gran fortuna llegar a una edad tan "importante" -por lo menos en términos simbólicos- satisfecha conmigo misma y dando gracias por todo lo que tengo y por la gente que ha estado a mi lado ayudándome a conseguirlo.

Borreguito es la culminación de una década que he disfrutado apasionadamente, diez años en los que viajé mucho, terminé la universidad, empecé a trabajar para la Mothership, ingresé al Gremio (que a pesar de quejarme tanto de él, sigo con la camiseta bien puesta), me mudé de México a Estados  Unidos, a China y a Canadá; seguí viajando, conocí a gente interesantísima e importantísima para mí, aprendí francés, alemán y un poquitín de chino, me rompieron el corazón, me lo remendé, me casé, fui mamá y (espero) terminé un Master. No perdí el tiempo ni escatimé en disfrutar intensamente, a la buena y a la mala, todo lo que la vida puso en mi camino.

Sigo pensando en los tres grandes objetivos para la década que sigue. Deben ser ambiciosos y grandes, no hay nada como tener una gran meta para motivarse a uno mismo a seguir adelante. Ya les contaré, mientras tanto, a seguir pensando, aunque eso sí, nada superará a esta década en la que lo mejor de lo mejor me pasó: me convertí en mamá de dos niños.
 

Friday, July 8, 2011

¿Qué voy a hacer con mi licencia de maternidad?

Vivo en Canadá, pero debido a mi profesión, me corresponden los noventa días de licencia de maternidad que otorga la ley mexicana, en lugar del año que otorga la canadiense. Gajes del oficio y la vida, qué le vamos a hacer.

Todavía recuerdo bien la licencia de maternidad que tomé con la Frijolita, noventa días más otros veinte que tenía de vacaciones y me dejaron tomar antes de que naciera la bebé para que me pudiera ir a México con todo hasta mi perrita con el fin de que naciera allá y estuviéramos rodeados de mi familia; noventa días que no son nada, pero ah cómo te cantan en todos los trabajos.

Haciendo cálculos, para cuando me jubile (a los 65 años) habré trabajado 43 -sí, CUARENTA Y TRES- años para el mismo empleador, lo cual equivale a 516 meses. Dejando de lado las vacaciones (porque todos, hombres y mujeres tenemos vacaciones), como mujer me habré tomado, por mis dos hijos, seis meses en total de licencia de maternidad. Seis. SEIS. Seis meses de licencia de maternidad contra 510 trabajados... ok, menos vacaciones son algo así como 430 meses... la diferencia sigue siendo abismal. Poniéndolo en esta perspectiva ¿habrá alguien que siga considerando que tres meses de licencia por hijo es "demasiado"? Supongo, quiero suponer, que no, pero hay mucha gente que considera que son "suficientes" y están en un error.

Seis meses serían más adecuados, un año sería lo óptimo, incluso "demasiado" para algunas mamás, dependiendo de sus preferencias. En lo personal, creo que nueve meses a mí no me vendrían nada mal. Pero no importa lo que yo quiera, la realidad, la triste realidad es que, si acaso, me tocan tres meses de licencia por hijo. Tres meses, que como dije, no faltará quién cuente como si hubieran sido años. 

Todavía recuerdo la rabia que me inundó cuando regresé de la licencia de la Frijolita y "alguien" me preguntó si ya había regresado de mis "vacaciones". ¿Vacaciones? Cualquier mamá podrá confirmar que los primeros meses de vida de un bebé no tienen nada de descanso y sí mucho de trabajo y adaptación.

Aunque esos tres meses con la Frijolita no fueron vacaciones, los disfruté mucho con ella y con mi esposo, sin embargo, debo admitir que además de estar al tanto de la bebé y sus necesidades, también la usé para fines menos maternales. La razón es muy simple: al vivir fuera de México, ir a mi país es siempre una grata experiencia que trato de aprovechar al máximo, intentando ir a ver a todos los amigos que puedo y queriendo hacer todo lo que no puedo hacer en el extranjero. Cada vez que iba a México, me sentía como niña con juguete nuevo y no me podía estar quieta, quería ir aquí, allá y acullá, ver a fulanita y sultanito, comer esto y lo otro... no paraba. Los tres primeros meses de la Frijolita intenté mantener, en la medida de lo posible, el mismo ritmo y a donde pude me la llevé, a donde no, la dejaba con mis papás para que la cuidaran mientras el esposo y yo nos íbamos "de vagos" (hasta de fiesta me fui, con eso les digo todo).

Si bien no creo que haya hecho "mal", creo que tampoco hice del todo bien. Nunca fui irresponsable, pero pude haber utilizado mi tiempo de mejor manera que andar persiguiendo quimeras de una vida que claramente ya no era la misma de antes aunque yo me resistiera un poco a verlo y aceptarlo. Ahora creo que el peso de la maternidad y el cambio radical que conlleva a veces es difícil de asimilar de golpe y lo vas entendiendo mejor con el paso del tiempo. Ahora, claro, lo tengo más que entendido, asimiliado, aceptado y disfrutado. 

Así que con este bebé, las cosas serán diferentes.

Por principio de cuentas, me quedo en Canadá para que nazca aquí (naaaaada de debates de nacionalidad, lectores míos, mis hijos son mexicanos por mí y canadienses por su padre sin importar dónde nazcan); además de que logísticamente es aún más loco mover a toda la familia durante tres meses con un integrante más, esta vez creo que es importante darnos el tiempo, como familia, para adaptarnos al cambio y para crear un vínculo fuerte cada uno con el bebé y entre todos. Necesitamos nuestro propio espacio para conocernos y reconocernos, apapacharnos e iniciar esta nueva etapa juntos.

Si bien extrañaré a mis papás, abuelos, hermano, tios y primos cercanos con todo mi corazón, también creo que ahora "les toca" hacer el esfuerzo por vernos, no siempre nos podemos mover nosotros de un lado a otro. En cuanto a los amigos, la triste realidad es que he comprobado en este año y medio desde que soy madre que muchos de los amigos a los que veia cuando iba a México, los veia porque YO hacía el esfuerzo por verlos, porque YO tomaba taxi, pesero o manejaba distancias enormes por ellos y porque YO procuraba y organizaba las reuniones y encuentros... pero el día que llegué con una panza enorme sin poder moverme de casa de mis papás, y después de que nació mi bebé, se acabaron los encuentros con muchos, porque estaba "muy lejos" porque "no tenían tiempo". Es muy triste cuando te pasa, pero así pasa, ni modo, c'est la vie! (obvioooooo hay muchos también que hicieron hasta lo imposible para verme cuantas veces fuera posible, los amo, smuack).

Así pues, por mi parte, he decidido aplicar, a mi manera tal vez, el concepto de las abuelitas de la cuarentena para crear y fortalecer el vínculo con mi bebé. Necesito tiempo, sin distracciones de ningún tipo, para darme a la tarea de amamantar a mi hijo, portarlo, dormir con él y atender sus necesidades a la vez que fortalezco mi vínculo con mi hija y la ayudo a conocer a su hermanito. No habrá salidas de noche ni "días libres", me daré noventa días para dedicarlos en cuerpo y corazón a mis hijos y a mi esposo.

¿Por qué? Porque el tiempo que tengo es muy limitado y debo aprovecharlo al máximo; porque estoy convencida de que la crianza con apego es lo mejor para mis hijos, para mi esposo y para mí; porque los bebés crecen muy rápido y aunque a veces cuando estamos cansadas, con ojeras, con los pechos adoloridos y sin haber podido ni bañarnos pensamos que todo se pasa lento, la realidad es que en un abrir y cerrar de ojos los bebés dejan de ser bebés.

Evidentemente sé que necesitaré ayuda de nuestra familia y amigos, pero el tipo de ayuda que necesitan las familias cuando reciben un bebé no es cuidando del bebé mismo (claro, a excepción de cuando las abuelas nos enseñan a bañar al bebé o cortarle las uñas y otros procesos "aterradores" a los que nos enfrentamos las primeras semanas), sino atendiendo otras cuestiones de la casa para que los padres puedan dedicarse por completo a su bebé.  

Yo sé que habrá quien critique mi decisión de semi recluirme, ya por ahí alguien me dijo que eso de querer colechar con el Borreguito para amamantarlo en las noches no es más que PEREZA de mi parte (sí, PEREZA ¿qué tal? Ahora resulta que ser buena madre es no dormir por preparar biberones de  fórmula y llevarlos al cuarto del bebé toda la noche), pero no importa, nadie me va a regresar esos noventa días y estoy convencida de disfrutarlos lo más posible en familia.

Así que a hibernar se ha dicho.